Brad Pitt vs. el mundo

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Luego de un tortuoso proceso de re-filmación que obligó a retrasar su estreno por medio año, por fin llega a los cines “Guerra Mundial Z”, la nueva película de Marc Foster (Finding Neverland, Quantum of Solace), basada en la conocida novela del mismo nombre de Max Brooks que consistía en una recopilación de testimonios luego de que en el mundo se desatara un virus mortal que hacía que los muertos vuelvan a la vida.

El guión original fue escrito por Matthew Michael Carnahan (State of Play, Lions for Lambs), pero luego de que el estudio hiciera público su descontento con el resultado final del filme, algo que rebotó en la prensa internacional en forma de peleas entre el director, el protagonista (quien también hace las de productor) y los ejecutivos del estudio, se llamó a Damon Lindelof y Drew Goddard, quienes habían trabajado juntos en la mesa de guionistas de la serie de TV “Lost”, para que re-escribieran la última hora de la película, asumiendo tremendo riesgo monetario y comercial.

El estudio puede respirar tranquilo por fin, ya que parece que a la audiencia poco le ha importado el escándalo detrás de cámaras y ha asistido masivamente a verla a nivel mundial. La cinefilia también puede respirar tranquila, ya que si bien no estamos ante un clásico contemporáneo, se trata de un ejercicio de aventuras y acción tenso y muy bien ejecutado.

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En vez de abocarse a la corriente gore del sub-género zombie, una que lleva la firma de George A. Romero desde siempre, la película bebe más del ensayo de consecuencias que es “Contagio” de Steven Soderbergh, pero mas bien contado de manera lineal y básica, de acción y reacción, típica de los blockbusters que llenan la cartelera durante esta temporada. Se trata de la historia del héroe y padre de familia norteamericano que debe atravesar el mundo buscando una cura a la maldición zombie, antes de que sea demasiado tarde para todos. El filme apenas nos plantea un contexto familiar antes de lanzarnos de frente a la acción, pero ese antecedente es suficiente: ya entendemos los motivos del héroe y simpatizamos con él.

Si bien la producción está lo suficientemente cuidada como para no delatar los parches ocasionados por las re-filmaciones, sí podemos sentir dos estancos diferenciados. La primera hora y media prefiere saborear el caos desde adentro, situándonos en medio de su explosión: aquí encontramos secuencias llenas de tomas aéreas y con miles de zombies digitales que se abren paso para satisfacer su hambre. Este segmento de la película se regocija en la imposibilidad de escape o soluciones, en el eterno correr de los protagonistas. De este primer momento destaca la impecable secuencia en Jerusalén, en la que el terror arrasa con la ciudad como una peste irrefrenable.

La última media hora se torna mas bien psicológica. En vez de deleitarse con las masas se prefieren los espacios confinados, el suspenso del peligro inminente, el andar lento y silencioso, las resoluciones descabelladas. Su mejor momento está en la secuencia dentro del avión, una que lleva pegado un sticker de “Lost” en la frente. El despliegue en los laboratorios de la OMS, si bien prolijamente coreografiado, cae en lugares comunes en cuanto al tratamiento del suspenso. Me intriga saber cuál era el final original, qué tan diferente era en cuanto a atmósfera y porqué el estudio lo odió tanto. El desenlace que quedó no es malo, pero se siente apresurado y demasiado sencillo.

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El análisis político y social de las consecuencias se presenta como esbozo, atmósfera y anécdota, ya que la película prefiere concentrarse en el camino atolondrado del héroe. La película prefiere soltar migas de reflexión en breves diálogos intercambiados entre infinidad de peones que van desapareciendo en el camino. En este tránsito también se nos presenta una mirada casi satírica de las medidas extremas que se podrían tomar en determinadas partes del mundo para prevenir el desastre, como la sacada de dientes en Corea del Norte o el muro que se construye en Jerusalén.

 ”Mother Nature is a bitch”. Con esa oración comienza el monólogo más rico de toda la película, como para que nos hagamos una idea del lenguaje cotidiano con el que el filme prefiere comunicarse. “Guerra Mundial Z” nos habla de la naturaleza del caos en su estado más crudo y anárquico, cuando los agentes de poder pierden sentido, cuando lo moral o ético se desvanece ante la necesidad de sobrevivir, pero todo al servicio del espectáculo, claro está.

Hay que ver esta película. Sin prejuicios ni sobre-expectativas, simplemente con la idea de estar pegado al asiento por cerca de dos horas, conteniendo la respiración en muchos momentos y sonriendo ante lo absurdo en otros. Pero sobretodo hay que ver esta película por Brad Pitt. No porque nos brinde una de sus mejores interpretaciones ni mucho menos, ya que aquí se queda en lo funcional. Sino por lo que hace con su productora, Plan B: se alimentan de filmes comerciales como este para luego aventurarse en el cine de autor, entregándonos películas como “El Asesinato de Jesse James”, “Mátalos Suavemente” o “El Árbol de la Vida”. Esta es la manera en la que Brad Pitt se enfrenta al reto de hacer cine.

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