Hombre mutante

by McZorro on 2013/06/25

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Warner busca desesperadamente una franquicia que le rinda como “Batman”, “Harry Potter” o “El Señor de los Anillos”. Luego de lo que Marvel consiguió el año pasado con “Los Vengadores”, es entendible que su mirada se haya posado sobre los superhéroes, por lo que con este intento de revivir a “El Hombre de Acero” no solo se busca una franquicia a partir del personaje de Superman, sino una confluencia de universos de DC Comics que termine en “La Liga de la Justicia”.

Y si bien Christopher Nolan representaba un problema para este propósito al haber separado su universo del Caballero de la Noche de cualquier otro, era de suponerse que sería su nombre el primero en ser convocado al ser el responsable de elevar las películas basadas en novelas gráficas o comics a las grandes ligas. Luego se incluiría el nombre de un director descarriado, Zack Snyder, quien  necesitaba de un padrino que lo volviera a enderezar, ya que desde el fenómeno “300″ solo le estaba generando pérdidas al estudio. A tomar en consideración que fue el mismo Nolan el que escogió a Snyder para la titánica misión, ya que los ejecutivos de Warner tenían en mente a Darren Aronofsky para la tarea. Ahora solo nos queda lamentar que la historia no hubiera tomado aquel rumbo.

Es así que tenemos en la producción e historia original a Christopher Nolan, quien comparte créditos con David S. Goyer, otra de las plumas responsables de la trilogía de Batman, mientras que Zack Snyder dirige. Ambos han aportado sus respectivas sensibilidades y estilos a este proyecto, lo cual ha devenido en una película de lo más extraña: lo mejor y lo peor de cada uno de ellos ha confluido en una de las mayores decepciones del año.

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Por el lado de Christopher Nolan, hay que defenderlo como director. Más allá de sus deslices, su visión de elementos que contribuyen a un todo hace que pueda hacer de un guión mediocre y lleno de huecos una obra coherente y emocionante en pantalla. Su inquietud sobre los superhéroes (al menos lo que hemos visto en Batman) se aboca más al tema de cómo afectan al imaginario del mundo, la imagen necesaria del héroe para la sociedad, la condena que representa en aquel que sostiene el título. Pero mientras que en Batman el antihéroe debe dar un paso al costado y volverse el villano para que la sociedad a la que sirve tenga el héroe que necesita como idea (tremenda “The Dark Knight”), en este caso Superman es el héroe que el mundo necesita, solo que no está listo para él. Lo más interesante de la película está la imposibilidad de Clark Kent de abrazar quien realmente es, este Jesús del siglo XXI y del planeta Kripton, esta mistificación casi religiosa de la figura de Superman. Es interesante esta incesante negación y a la vez búsqueda de la identidad.

El problema es que se intenta complejizar demasiado una historia que tal vez no lo necesitaba. El prólogo, por ejemplo, me resulta innecesario, no porque no sea interesante saber de los dilemas políticos del planeta de Kal-El, sino porque para desarrollarlo como se merecía se hubiera necesitado de una película separada. Por ello queda como un apéndice que aturde mas que aporta: sirve para darle contexto al villano de cabecera, el general Zod, pero una explicación posterior en la voz de Jor-El (Russell Crowe) cumplió el mismo propósito. Otro problema es el de la estructura general de la historia, una que pretende replicar la de “Batman Begins” con los flashbacks y eventos traumáticos que aparecen en paralelo al viaje del protagonista por superarlos: el problema es que mientras el pasado nos habla de una no-pertenencia, el presente resulta repetitivo, plano y hasta inmotivado.

Por el lado de Zack Snyder, hay muy poco que rescatar. Se trata de un director nacido de la publicidad, por lo que sus tics se exceden en forma y se olvidan del contenido: para eso estaba el contrapeso de Nolan y compañía. Sus mejores momentos están en aquellas íntimas viñetas del pasado de Clark Kent, con un Kevin Costner impecable, el lado más humano del superhéroe. Incluso en los primeros momentos con Luisa Lane (vibrante interpretación de Amy Adams, al menos en sus primeras escenas, ya que luego se vuelve la genérica damisela en peligro) se encuentra la carnecita de la película, la disyuntiva central del héroe indeciso de revelar su verdadera naturaleza, el dilema ético de la periodista que solía contarlo todo sin remordimientos. Cuando Snyder se olvida de los efectos especiales es que la película resulta medianamente interesante.

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El problema llega con la acción, una que entumece nuestras retinas con tanto juego de contraste, saturación y renderización de efecto visual, algo común en sus últimas películas. La hiper-estilización de las secuencias de acción es algo que molesta y hasta marea, perdiéndose el sentido de coreografía y más bien aturdiendo para impresionar, sin lograrlo, claro. Es curioso que lo que más detesto de Snyder sea su cámara lenta y en esta película casi ni se recurra a ella: pero en su ausencia aparecen tics peores y sin justificación, como el zoom in repentino o los planos secuencia totalmente digitales. La última media hora es una tediosa batalla campal entre héroe y villano, una oda a la destrucción y al festín en 3D, con cero criterio narrativo o dramático. Cero. Explosiones y destrozos de los cuales Michael Bay o Robert Emmerich se sentirían orgullosos. No, ni ellos.

Mención aparte merecen dos extremos en esta película. El extremo positivo, la presencia de un Michael Shannon que se perfila como uno de los grandes actores de su generación, con un villano radical, un militar extremista. Al otro lado de la balanza, tenemos la fotografía desproporcionada de Amir Mokri, una que pretende añadir tensión con el efecto “cámara en mano” que más bien parece error técnico.

“El Hombre de Acero” resulta una película mutante, por la confluencia de dos estilos y narrativas opuestas, de la mano de dos directores de por sí controvertidos. Podemos decir que Christopher Nolan se excedió con sustancia, mientras que Zack Snyder se olvidó de leer lo que estaba en el papel, para dedicarse a volar en el combate.

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