Mr. Joe

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Muy pocas veces te encuentras con cineastas que tienen clarísimo el universo que quieren habitar en sus películas. Muy rara vez un autor te hipnotiza sin posibilidad de escape con sus historias, con su mitología personal, con imágenes que te llevan a soñar en la oscuridad del cine, con una narrativa que resuena en tu mente como aquellas fábulas que nos contaban de niños, aunque en versiones mucho más adultas, crudas y honestas.

Apichatpong Weerasethakul nos obliga a acompañarlo al mundo que le hubiera gustado habitar, nos adentra en su mente, en sus creencias y no-creencias, en las imágenes que lo persiguen en sueños y pesadillas, heredadas de su crianza en medio del budismo oriental y un país aún amordazado por una monarquía constitucional. Todo esto influye a su fascinación con la selva, con esta puerta de ingreso -tanto como de escape- a una fantasía que supera los límites de las relaciones interpersonales, la vida o la muerte.

“Ya he visto varias de las películas del festival (Lima Independiente) de este año y estoy bastante sorprendido por lo complejas que son. Al lado de ellas, mi película es como un juego para niños”, confesó Mr. Joe, como pueden llamarlo quienes no puedan aún pronunciar su enrevesado nombre, en su presentación el sábado pasado de “Uncle Boonme recuerda sus vidas pasadas”, película que le valió la Palma de Oro del Festival de Cannes del 2010. Y hay tanto de cierto en esa afirmación, aunque a la vez tanto de mentira. Estamos ante un cuento con el que un adulto podría irse a dormir, pero a la vez ante una compleja serie de reflexiones muy personales.

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Tremenda película que le debe, según él mismo confiesa, al “Blow-Up” de Michelangelo Antonioni, a Luis Buñuel, a los programas de televisión tailandeses de los 70s que veía de niño y en general a los recuerdos que tiene de esa época. A su padre que falleció por problemas del riñón, a quien vemos re-encarnado en el protagonista de la película, el Tío Boonmee. ¿Y a Andrei Tarkovsky también le debe? A ese no, confiesa, le parece que es demasiado controlador. Apichatpong prefiere que sus historias fluyan. Y es que nada en la película se siente forzado o impuesto, ni las metáforas ni los subtextos, ni el quiebre de tiempos ni la repentina sucesión de fotografías que en medio de la película invaden la linealidad de la narración.

A mi, la fantasía de Apichatpong me resuena a un director que él no suele mencionar en sus entrevistas: Hayao Miyazaki. Es como si el genio japonés hubiera decidido hacer películas para adultos con actores de carne y hueso; comparten la sutileza en la fantasía, lo lúdico en la narración, la fábula que acoge profundas reflexiones. “Uncle Boonmee” es una película que se presenta casi como un sueño, el de este hombre enfermo que mira hacia atrás, hacia sus vidas pasadas de múltiple re-encarnación, pero también a las vidas que lo acompañaron en este último tramo: a esa cuñada que siempre estuvo allí tras la muerte de su mujer, a la mujer misma que llega a despedirse en forma de fantasma y al sobrino convertido en mono, sin mayores explicaciones.

Pero por encima de las lecturas más psicológicas y políticas que pueda tener una película tan enigmática -de múltiples lecturas, por cierto, ya que cada imagen parece insinuarnos algo y dejarlo a la libre interpretación-, esta película le hace un guiño a la “cueva de Platón”, la idea del mundo sensible y sus sombras, y lo aplica a la fascinación del mismo director por el cine, a esta oscuridad en la que las imágenes proyectadas sobre una pantalla gigante nos acarician la cara y nos hacen asumir una nueva realidad. Y tal vez, cuando se acabe esta proyección, se acabe la vida, como cuenta el Tío Boonme sobre uno de sus sueños del futuro. Ese fin de la proyección es la peor de las torturas.

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