Blancanieves en tiempos modernos

Blancanieves y el Cazador (Snow White and the Huntsman) es el intento de Universal de fusionar tendencias comerciales recientes: por un lado, coger el formato fairy-tale que renació luego del taquillazo internacional que significó Alice in Wonderland en el 2010, incluso cogiendo a uno de sus productores de cabecera, junto a su productora Roth Films; y por otro lado tratar de ir de la mano con una generación cinematográfica ‘adulta’, madura, o tal vez cínica, más oscura en cuanto a las aventuras iniciáticas que persigue, que ya no cree en el amor a primera vista, en el héroe de acciones totalmente redentivas o el villano desalmadamente malo, sino que es seguidor de los anti-héroes, de los grises, de los tonos y atmósferas más sombrías y melancólicas. Pero allí no queda el recogimiento de esta película tan marketeramente estructurada: se afilia al éxito de Game of Thrones el año pasado, jalando la historia hacia el belicismo épico-fantástico, y se amarra a dos de las estrellas juveniles más importantes del momento: a un lado Kristen Stewart y su legado Crepúsculo, y por el otro Chris Hemsworth y un destello ‘vengador’ adquirido este mismo año. Cierran el equipo un novato director de nombre Rupert Sanders, y una Charlize Theron que busca reconciliarse con el mainstream (este año también protagoniza otro blockbuster, de título Prometheus).
Es cierto que los estudios piensan en el marketing siempre antes de manufacturar un film de tamaña producción (a menos que te ganes una preciada ‘carte blanche’, o seas ya un nombre en la industria), sobretodo si se trata de una franquicia nueva y con posibles futuras secuelas, peor aún con un director frente a su ópera prima; y el caso de Blancanieves y el Cazador, por más parchado que parezca en el párrafo anterior, tenía ingredientes para funcionar, de ser integrados adecuadamente. El problema es que no logra hacerlo. Se siente más bien un castillo de naipes aplastado por el peso de exceso de cartas, un filme sin rumbo muy definido, que intenta hacer demasiado y termina, lamentablemente, entregándole al espectador muy poco.

Por un lado, tenemos la aventura iniciática de Blancanieves, una Kristen Stewart que están tan enajenada y lánguida como en Crepúsculo, y eso desde el inicio no es un buen síntoma. Hay mucho de ese rollo simplón del ‘matón’ frente a la ‘doncella ruda’ (que en el fondo quiere ser la doncella en apuros) de la saga de Stephenie Meyer. Sobretodo por el hecho de que el romance incipiente se siente impostado y apresurado, urgente frente a la posibilidad del preciado ‘triángulo amoroso’: la presencia escueta de William hacia el tercer acto de la película hace que el futuro incierto (que nos resulta indiferente, por cierto) de Blancanieves en términos de romance se quede como una arista abierta que plantea secuelas más que evidentes. La película se transforma en Crepúsculo cuando no debería, y se olvida que su anti-heroína en primera instancia, y en sus primeros acercamientos al Cazador, resultaba mucho más compleja, frágil y a la vez imponente que al simplificarla y hacerla una chiquilla enamoradiza; mejor una Blancanieves renegada, que una Blancanieves quejona. Consideremos que el papel de el Cazador inicialmente iba a ser ofrecido a un actor en sus 50s, tal como en el cuento de los Hermanos Grimm, pero los ejecutivos del estudio no toleraban la idea de que una adolescente pasara dos tercios del metraje con un anciano, no era nada comercial. El apresurado cambio de guión para adaptar el personaje al de un galán en duelo se siente.
Al otro extremo de la película tenemos la presencia de Charlize Theron, la Reina Ravenna, la primera villana en la historia de Blancanieves en tener nombre propio. Y es que de eso se trata: ella no es la representación nefasta de la maldad más pura, sino que es un personaje con nombre, una mujer atrapada en sus traumas de adolescencia, absorta en la idea de que la belleza es el único arma para combatir a la sociedad feudal, patriarcal, de escudos y espadas en la que vive. Sin acercarse demasiado, se la plantea como una hermana que hará todo por consumar su eternidad, pero sobretodo, por perennizar la felicidad de ella y su hermano, personas a las que la vida ha tratado muy mal desde siempre. Charlize Theron acierta en aquellos momentos en los que pierde la compostura y lo combina con una sutil dosis de vulnerabilidad, que la vuelve psicótica; lamentablemente el aún poco diestro director, Rupert Sanders, no ha sabido aprovechar esos delicados momentos, sino que más bien la prefiere histriónica, chillona, gruesa, con una performance demasiado exagerada constantemente que la hace sobreactuar y perder credibilidad.

Ojo, hay un tema de fondo muy grave en esta película que intenta complejizar una historia que desde siempre ha sido bastante sencilla y directa; ese rollo de que William sea parte de una rebelión latente, y que Blancanieves sea la ‘elegida’ de una mítica profecía son patinadas en una cinta que pudo durar una hora menos y ser al menos entretenida. Pero por el plano de la forma, la película brilla. La fotografía de Greig Fraser, quien ya hiciera delicias en Let me In, resalta los contrastes en su encuadre, nos sofoca con claustrofobia en la atmósfera, y satura los colores tanto como las tensiones en la puesta en escena. El trabajo en dirección de arte y el detallado trabajo de vestuario de la siempre dedicada Colleen Atwood, están por encima del nivel promedio de películas de esta envergadura. Visualmente la película hipnotiza, y de eso no hay duda alguna, pero es el fondo el que molesta, y no deja que la película fluya como sus atributos deberían dejarla.
Hacia el final del metraje, Blancanieves y el Cazador ha intentado ser una fábula gris de hadas, una aventura iniciática de una anti-héroe, un triángulo amoroso cursi e inverosimil, una fantasía desbocada en la que la protagonista habla con los animales, un fallido sitcom con enanos sin personalidad, y una complicada revisión casi política del poder, el feudalismo, con choque de ejércitos en una batalla campal, todo en poco más de dos horas. Al salir de la sala sólo queda un aturdimiento extraño, una sensación de vacío, y el disgusto de haber visto un Crepúsculo jugando a ser Game of Thrones.












