Vergüenza cínica

Deseos Culpables (Shame) es un estreno atípico. Tanto aquí en Lima como en gran parte del mundo, no nos bajemos tampoco. Gran escándalo en torno a una temática sexual bastante explícita, de psicologías transtornadas, cuerpos desnudos que nada ocultan, una calificación NC-17 en EEUU (un Mayores de 18 en nuestro país) que restringió casi completamente su estreno al ser un calificativo de película porno, una valiente iniciativa de Fox Searchlights de estrenarla sin ningún tipo de recorte que amilanara la censura. Aplausos por el coraje, caso atípico como dije. En nuestro país no teníamos un estreno tan crudo desde Irreversible, y en cuanto a psicología y almas solitarias desde Blue Valentine, lo más cercano, curioso que también envuelta en una polémica en torno a su clasificación, que sí llegó a alcanzar el R (Restringido, un Mayores de 16) luego de las apelaciones del estudio al NC-17 que le impusieron inicialmente.
Deseos Culpables es uno de los mejores estrenos del año (y esto es total subjetividad, ya que sé de críticos y blogeros a los que el filme no ha convencido mucho), una película que mira a un nuevo Nueva York (válida redundancia), una nueva urbe, menos luminosa, más sombría, fría, de individuos separados cada vez más y más, de tecnologías que unen al mundo, pero separan a las personas. Deseos Culpables no es una película de narrativa compleja, sino que es una apenas esbozada, ya que se trata de un complejo, introspectivo y connotativo perfilamiento de un personaje particular: toda la película, escena tras escena, sirve para añadir una capa más a aquella solitaria alma de nombre Brandon; curioso que a su vez, de esta manera se hace una radiografía de una sociedad urbana contemporánea globalizada.

Del cinismo al asombro
En lo que parece ser una junta de directivos de la empresa en la que Brandon trabaja, su jefe y amigo David expone sobre cómo los tiempos han cambiado, sobre cómo el cinismo popular se ha convertido en los últimos años en asombro. Poco sabemos de la empresa en la que Brandon y David trabajan, no sabemos de los servicios o productos que ofrecen, pero de esa manera se trabaja toda la película. No sabemos mucho de Brandon a ciencia cierta, sino que a partir de los retazos que se nos entregan debemos armar un rompecabeza a nuestra medida, según nuestra ética, moral o capacidad de interpretación, llenar los vacíos dejados a propósito por el director para enriquecer justamente la experiencia de la construcción del personaje. No nos enteramos de la relación que tiene con Sissy hasta muy avanzado el metraje, podíamos pensar que eran antiguos amantes, pero en verdad son hermanos; Brandon se nos presenta como una persona parca y hasta tímida, pero simpática y hasta inofensiva en primera instancia, hasta breves y sorpresivas erupciones de violencia cuando siente que su intimidad, su rutina se ve invadida, quebrada, mientras su mundo se voltea de a pocos boca abajo.
Es en lo mencionado a inicios del párrafo anterior que encuentro una clave para entender el filme: esta dicotomía del cinismo y el asombro (no tanto de sorpresa, sino de ‘wonder‘, de disfrute), una dicotomía que se repite entre los personajes de Brandon y Sissy, y se extrapola al plano del expectador frente a la película misma. Los hermanos son iguales, auto-destructivos, inestables, solitarios, aunque Brandon ha optado por el sedentarismo y Sissy por ser un alma errante. Pero para Brandon, Sissy es el problema, ella necesita cambiar antes de ahogarse, o será ella la que lo arrastre a él a su hoyo. Esta idea de mirar al otro cínicamente, cuando uno mismo vive ensimismado en ‘wonder‘ frente al mismo tipo de experiencia, es uno de los puntos más altos del filme. Y el espectador mismo, el que juzga, el que lo llama enfermo a él y deprimida a ella no ve en sí mismo un ser solitario que vive en ‘asombro‘ constante frente al morbo mediático (hasta la misma película, el porno), cegado por un cinismo falso, construido socialmente, impuesto. Vamos, la controversia en torno a las imágenes explícitas de la película nos intrigaba, y al ver el filme completo salimos ‘defraudados’ porque en el fondo TAN cruda no nos parece la película, frente a nuestro vagaje sin censura adquirido online o a través de la televisión; y allí regresamos al rollo del cinismo y el asombro que jugaba con nuestras propias expectativas.

No somos malas personas, venimos de un lugar malo
Brandon se pregunta porqué debemos sentar cabeza, estar con alguien, casarnos, si la idea del placer y del amor deberían permanecer ajenas, el hedonismo hermético y concreto frente a un amor más bien complejo, tal vez tácito, tal vez menos necesario que la satisfacción de necesidades pulsivas. Se nos muestra a un Brandon ‘enamorado’, en sus propios términos y con sus cláusulas personales, que no puede justamente contaminar aquel sentimiento con la suciedad de sus placeres más banales, el rechazo del sexo con la chica querida. Y por otro lado se llega a la necesidad extrema, urgente de consumar las pulsiones, de alimentarlas, hundiéndose poco a poco el protagonista en un vertiginoso hoyo sin salida, un remolino oscuro que mientras nos adentramos en el tercer acto lo sumerge en el más devastador escenario que parece salido de una película de Gaspar Noé, ese club de luces rojizas y cuerpos desnudos masculinos que nos demuestra lo desesperado que está este personaje, lo bajo a lo que puede llegar. Y de nuevo, el juzgarlo, el cinismo, a pesar de vivir en el asombro.
Muchos críticos desprecian el tercer acto, ya que lo consideran una ‘explicación’, una excusa o disculpa, al comportamiento obsesivo y auto-destructivo de Brandon. Sin embargo creo que va más allá de una simple conclusión freudiana, de echarle la culpa a la niñez, al pasado migrante, a una oscuridad en la relación entre hermanos, como frente a sus padres. La ambigüedad en la que se deja todo ayuda a pensar esta explicación en un plano más amplio, abstracto tal vez: la película le habla a una generación específica, este ‘lugar malo’ actual en el que vivimos, esta generación separada por la globalización, la urbe, el mediatismo, el internet. Familias desestructuradas que se comunican por Skype, con una pantalla separándolos (David), relaciones sexuales sometidas a interacciones online (Brandon y su prostituta virtual), las llamadas y contestadoras que reemplazan las comunicaciones y los rechazos más directos, la posibilidad de bloquear a alguien de tu vida con un simple botón. Mientras que la crudeza del metro, esta cosa anticuada y básica se plantea como uno de esos únicos espacios donde las tensiones interpersonales reales renacen, para perderse una vez que se reingresa al frío de las calles newyorkinas. No somos malas personas, sino que venimos de este lugar malo.

New York, New York
Más allá del contenido rico que ofrece la película, hay que rescatar también la forma que lo acompaña y refuerza. El trabajo de dirección de arte austero, de espacios amplios y vacíos, de colores planos y pálidos, apoyado en una fotografía que refuerza esta vastedad vacía; el retrato de una Nueva York desolada, lejos de los landmarks característicos y los billboards brillantes, sino más cercano a callejones, huecos nocturnos, sin tráfico ni afluencia de gente: una ciudad paralizada y absorta. El sonido es también delicado: las capas en off y on, el manejo de los volúmenes, los ruidos, la banda sonora que estremece, sumado a aquella deliciosa pieza New York New York que Sissy canta en un bar, y que amplía nuestras posibilidades de interpretación del dúo protagónico. Y por encima de todo,las performances. Se ha hablado mucho de Michael Fassbender y su capacidad de contención, de manejo de los tonos, de decir tanto ‘diciendo’ tan poco, de volver empático un personaje que debería resultarnos repulsivo. Pero debo remarcar el extraordinario trabajo de Carey Mulligan, tan notable como el de Fassbender, una personalidad tan frágil como resoluta, tan imponente como etérea.
Deseos Culpables nos enfrenta a nuestros fantasmas internos, a una sociedad y generación que viene de este ‘mal lugar’, de este cambio de paradigma en la manera de relacionarnos. Nos enfrenta al cinismo con el que vemos al otro, mientras nos deleita y ‘asombra’ el placer más básico que la modernidad nos entrega en la palma de nuestra mano. Y salimos de la sala de cine tanto indignados, como fascinados: tan devastados.












