Un poema para la historia

by Jonatan Medina on May 5, 2012

Debemos ser muchos los que nos preguntamos cómo puede ser El árbol de la vida una película de hoy en día. Cómo un cineasta estadounidense contemporáneo se atreve a crear algo así, cómo una cosa así puede además llegar a recaudar decenas de millones de dólares en todo el mundo, y más curioso aún: cómo una película como El árbol de la vida pudo ser nominada al Oscar a Mejor Película. Pero todas estas preguntas no son peyorativas como parecen serlo, es todo lo contrario: se trata de pura y franca admiración. Y es que Terrence Malick ha hecho una de las películas más hermosas jamás filmadas, un poema sinfónico para los anaqueles de la historia del cine, una reflexión profunda y universal, una obra maestra. Sin dudas, la mejor —junto con Drive— del 2011.

Es difícil creer en El árbol de la vida como un película de hoy no por su forma, si no por su fondo. Malick funda su obra en teología pura, nos regala las más preciosas imágenes del universo como símbolos de un poder creador divino, nos muestra el origen de la vida como un soplo todopoderoso, nos relata un drama familiar como una constante plegaria a Dios. “¿Dónde estabas tú mientras yo ponía los cimientos de la tierra, cuando las estrellas del alba cantaban a coro y exultaban de gozo todos los hijos de Dios?” reza el epígrafe al comienzo. No es gratuito que la sentencia de la película sea un versículo bíblico, verso en que Dios cuestiona a Job, quien es la representación de la pérdida de lo más amado, del sufrimiento en apariencia inexplicable, del dolor que siempre pensamos injusto, pero es también la devoción, la fidelidad, la perseverancia ante las adversidades, el seguir viviendo. La familia en pleno, tanto la madre, como el padre y el hermano, encarnan a Job y sus tribulaciones. ¿Por qué —se pregunta la madre— tuvo que perder a su hijo? Para terminar entregándoselo a Dios, esta vez por completo y de verdad ya que, como ella misma dice, “siempre estuvo en las manos de Dios”. ¿No es acaso osado plantear un discurso de solución espiritual en la actualidad?

En una sociedad donde el relativismo, la duda, la incertidumbre son valores cada vez más legitimados, es bizarro que un cineasta plantee lo contrario. Porque a pesar de que El árbol de la vida es una hazaña poética y por tanto una invitación a la libre interpretación, nos expone un claro planteamiento, un universo donde existe Dios, el bien y el mal, las causas y los efectos, la naturaleza y la gracia. Terrence Malick ha hecho que se rasguen las vestiduras las ideas y propuestas más postmodernas, cada vez más propagadas en el cine —y el mundo— de hoy. Pero lo hace no a través de una sentencia inquisidora, o una condena que se jacta de ser dueña de la verdad, si no a través de una bella reflexión que también duda y se cuestiona pero que encuentran una luz y una solución, en este caso, espiritual. Pero respecto a la forma no podemos decir lo mismo.

La manera en que está contada El árbol de la vida es lo más alejado de lo clásico, canónico o normativo. Se trata de una narrativa totalmente personal, como la de un poeta que escoge por impulso sus imágenes en el papel. Malick hace poesía y nos regala cada fotograma embellecido, por una fotografía limpia y esteticista, salpicando la pantalla de imágenes de una manera “aleatoria”, más no gratuita. Recurre a una edición que salta en el tiempo y vuelve, una y otra vez, y alterna así los momentos dramáticos de la familia en los 50’s, la vida presente del hermano (Sean Penn) dentro de esos imponentes edificios empresariales, y los orígenes de la vida y el universo. Todas estas líneas llegan a entrelazarse además, cuando escuchamos a Jessica Chastain reflexionar en off, mientras descubrimos el inicio de la vida o del mundo. Se forma así un coro de imágenes, acompañadas por las mejores composiciones de Alexander Desplat. Malick crea un estilo atemporal, que parece ser confuso cuando es en verdad un acabado orgánico y, por qué no, muy coherente.

Es por esto que El árbol de la vida es en una película que sabe muy bien lo que dice y es arriesgada tanto en su discurso como en su expresión. Pero lo que también sorprende es su éxito de taquilla, sobre todo en Europa (en Estados Unidos sólo recaudó 13 millones de dólares). Sin duda, tener a Brad Pitt y Sean Penn ha sido una de las razones fundamentales para poder convocar a tanto espectador. Un casting acertado e inteligente —tanto en el sentido dramático como comercial— siempre abre más posibilidades para el éxito de un filme, y Malick supo elegir con precisión a todo su elenco. Y supo dirigir de manera magistral, además, a una extraordinaria Jessica Chastain, quien se entrega a su personaje en cuerpo y alma, performance que sin lugar a dudas sirvió para que la nominen por su papel en The Help, donde también nos regala una gran interpretación. La típica excusa de la Academia: “actuaste mejor en esta película, pero te nomino en esta otra porque es más comercial”. Es Chastain la que está por encima de todos, su sólo semblante nos hace creer en el amor de una madre bondadosa, que enseña, que instruye y que también padece. Un primer plano de ella llorando por la muerte de su hijo nos conmueve tanto como sus plegarias y sus preguntas más existenciales, preguntas que desde que el hombre es hombre y cree en un Dios se ha hecho.

Vale mencionar también a un Brad Pitt correcto, cada vez mejor intérprete de sus gestos, de sus posturas faciales, esta vez para hacer de un padre que ama a sus hijos, pero que es estricto y autoritario porque quiere formarlos fuertes ante un mundo que él siente hostil. Mientras él piensa mal del mundo y les enseña que “no puedes ser demasiado bueno si quieres tener éxito”, la madre concibe un mundo más noble, y les enseña a amarlo todo, hasta la hoja de un árbol, hasta la lluvia, y a perdonar a todos, siempre. De esta manera crece Jack, un niño que le teme al padre y le duele su agresiva educación, pero que en verdad lo quiere y sólo desea un poco más de su afecto. Ya cuando crece es un hombre de negocios, atrapado en un mundo de gente con terno y sin alma, de fantasmas que deambulan por oficinas, entre gigantes edificios que expresan el más tenaz materialismo pero que, paradójicamente, no son sino solo espejismos de los que huye.

Lamentablemente Sean Penn está un poco por debajo de los demás, apareciendo apenas minutos y nunca llegando a brillar. Malick es consciente que un plano de Sean Penn angustiado, adolorido o confundido, es muchas veces suficiente, y quizá por eso se confió en no explorar más a ese Jack adulto. Lo que Malick sí supo aprovechar fueron los nombres de sus protagonistas para que de alguna manera generen taquilla. Pero me atrevería a decir que no son solo los actores la garantía de su éxito, quizá es también —aunque peque de romántico— su mensaje universal, que llega a todos y nos habla a todos.

Por esto último, precisamente, puede que El árbol de la vida haga llegado a ser nominada a Mejor Película. Es sabido que la Academia premia a la industria y suele darle el Oscar a las películas más queridas, vistas y complacientes. La cinta de Terrence Malick no cumple con esos requisitos, es más bien, lo que se suele llamar (aunque un poco peyorativamente) “película de festival”, sin embargo compitió en la categoría a Mejor Película, junto a películas como The Help, Hugo, War Horse y Extremely Loud and Incredibly Close. Es seguro que gusta más a críticos que al público en general, pero esto a veces también sirve como un premio de consciencia por parte de la Academia. De esa manera la nominan para dejar en claro que ahora también se nomina a películas de todo tipo, aunque sabemos, por supuesto, que nunca ganarán.

El árbol de la vida es una película monumental, única y excepcional, de la que se podría decir mucho más. Es también polémica, por su discurso y forma, va a seguir dividiendo a quienes la amarán y a quienes la odiarán. Así, con todas y sus pequeñas imperfecciones, se trata de lo mejor que se ha hecho en los últimos años y es una de esas proezas que quedarán grabada en la historia del cine.

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